No es necesario ser un experto observador para detectar que la pintura ha perdido espacio en los últimos tiempos a favor de otros medios. Algunos atribuyen este fenómeno al devenir natural, otros prefieren hablar de la falta de compromiso de los comisarios con este medio.
La Revista Claves de Arte entra en contacto con aquellos que se denominan sin rubor alguno “pintores” para conocer su parecer sobre el estatus actual y el futuro de la pintura.
En esta primera parte contamos con las reflexiones de Prudencio Irazabal (Galería Helga de Alvear) y Jorge Diezma (Galería Travesía Cuatro) e invitamos a todos los lectores a sumarse al debate dejando sus comentarios en la página.
Jorge Diezma
Cuando quiero hacer un análisis crítico de la escena del arte contemporáneo prefiero situarme como espectador más que como pintor para, de esa manera, tratar de evitar el corporativismo.
Como espectador simplemente no voy a las cosas que no me interesan, y si consigo olvidarme de que de alguna manera estoy ligado a la escena del arte, si me olvido de esta circunstancia y sólo atiendo a aquello que como espectador suscita mi interés, la escena artística contemporánea me parece muy poco estimulante.
La función del arte está relacionada con la habilitación de lugares inéditos o poco transitados que se ponen a disposición de aquellos que tienen interés por buscar otras maneras de estar en el mundo.
Sin embargo, el arte de hoy viene a decir que lo que hay es lo que hay, y no parece que esta inmediatez descriptiva necesite del arte para confirmarse: Ya sabemos que esto es lo que hay, lo que esperamos del arte es que nos indique las otras cosas que puede haber. Después ya vendrá la crítica para hacer su necesario trabajo de criba y dejar las cosas en su sitio. Es entonces cuando podremos decir: esto es lo que hubo. Pero mientras, hasta que llega esa fosilización, el arte no tiene por qué coincidir con su tiempo, porque es no coincidiendo como puede ocurrir algo inesperado. Está claro que hay muchas maneras de no coincidir con el tiempo que a uno le ha tocado, algunas serán interesantes y otras muchas no. Las propuestas derivadas de la melancolía o ancladas en la recuperación de un pretérito perfecto son un ejemplo de forma de no coincidir que no proporciona herramientas útiles para habitar el tiempo presente.
Entonces, ¿por qué pintar? Primero porque es una forma de situarse al margen de esta confirmación del tiempo presente como realidad unívoca. No porque esta sea la era de los ordenadores estamos obligados a hacer arte con computadoras. Pero la clave de la práctica pictórica hoy es si puede desvincularse de la retórica recuperacionista, y yo creo que sí.
La pintura no tiene a su favor sólo el hecho de no coincidir tecnológicamente con su tiempo, sino que, y esto es lo relevante, a pesar de ello sigue atañéndonos porque se relaciona de forma privilegiada con ese nudo en el que están ligadas la materia, la percepción y la representación, y esta es una realidad que nos afecta como seres que estamos aquí y ahora, y que no depende de recuperación alguna.
© Jorge Diezma
Agosto 2010
Prudencio Irazabal
Los paradigmas de la pintura pertenecen, como mínimo, a todos los medios visuales. Descuidar la renovación de su léxico y su morfología lleva a un irremediable caos sintáctico que en absoluto afecta a los pintores exclusivamente.
Como tantos otros asuntos humanos, la pintura no está hecha sólo de gestos, sino también de palabras. El gesto y su traza vienen de los pintores. Pero las palabras, que la hacían eficaz, se han vuelto inocuas. Los que escriben prefieren echar mano de un vocabulario cuyas aristas relucen como baratijas en la cesta del vendedor ambulante. Cuando el asunto no está servido en bandeja y adornado con encajes de buena conciencia, la travesía hasta la pintura se ha vuelto larga y penosa para quien no es pintor.
La permanencia de la pintura se explica precisamente por la permanencia de los pintores, siempre interesados en su inmediatez y su potencial para fundir idea y material. La gran mansión humana que es la pintura es también una simple tienda de campaña. Ya saben: unos palos, una tela. Es difícil superar tal precariedad, comparable a la ya clásica del balón y los dos palos del fútbol y que le pone al alcance de todos en cualquier momento y en cualquier lugar. A la agilidad del despliegue corresponde una gran facilidad de repliegue, almacenaje y destrucción, aspectos en absoluto desdeñables. Su peso se desvanece en la pared y es tan discreta como para no imponer duración.
Con tan escasos recursos, el poder transformativo de la pintura y su capacidad para crear una visión son insuperables. Frente a la lógica del niño con su caja de lápices, cualquier otro medio no podría sentir sino envidia. Pero ¡ay! tan desnuda inocencia y la liquidez con que fluye en el mercado pareció ofensiva a los más pudorosos.
Como el tenderete de la pintura es, además, perfectamente capaz de sostenerse al margen de proclamas y pregones, no es ninguna sorpresa que, llegados tiempos tan normativos, el sombrajo esté quedándose desierto. Frente al glamour de la tecnología, el trabajo colectivo y una buena agenda de referencias puestas al día, el individuo a solas
en su estudio, enfrentado a un mar de dudas, no parece, por el contrario, muy envidiable.
Gran parte de la crítica y el comisariado tienen serias dificultades para tratar la pintura. Parecen haber perdido oído para la instrumentación original. Lo que podría ser un buen comienzo, ahora que no miran.
© Prudencio Irazabal
Agosto 2010
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