Guillermo Mora es artista. Nacido en Madrid en 1980 cursa estudios artísticos en la Universidad Complutense de Madrid y tras sufrir un incendio en su estudio que destruye prácticamente la totalidad de sus trabajos de formación decide ir a estudiar al Art Institute de Chicago.
Este artículo se enmarca dentro del proyecto Efecto Artista, en el que una serie de artistas nos vamos enlazando hablando de y con otros. Yo recibí el testigo de la mano de Raúl Gómez Valverde, quien se aproximó a mí y a mi trabajo a través de una entrevista realizada por chat y recogida textualmente. Sin embargo, por cuestiones de espacio fue necesario eliminar algunos pasajes de la conversación. Recupero ahora uno de ellos por venir a colación e introducir al artista que nos ocupa: Guillermo Mora.

Guillermo Mora. Vista de exposición.
18 de julio de 2010
Raúl Gómez Valverde: ¿Puedes hablarme de algún artista que hayas conocido recientemente?
Daniel Cerrejón: Últimamente he conocido el trabajo de un artista que me ha interesado mucho. Vi una obra suya en la Bienal del Whitney y en la inmensa “Greater New York” del PS1, el caso es que ninguno de estos trabajos se parecen entre sí, pero ambos fueron de las cosas que más me gustaron en ambas exposiciones. Se trata de Alex Hubbard. Un artista que, hasta donde he conocido de él, no suele pintar según entendemos que se pinta, con alguna pasta sobre una superficie. A pesar de que él no pinta, su obra tiene un sentido pictórico muy potente. En una de las piezas establece un marco pictórico a través de un vídeo en el que consigue transformar su coche en un lienzo delirante.
De hecho, el artista en el que estoy pensando para continuar este proyecto de artistas hablando de artistas es Guillermo Mora. Su obra, al igual que la de Hubbard, sólo se entiende desde un contexto pictórico, pese a que el resultado final no sea un cuadro en el sentido tradicional.
Me interesa aquello que nos diferencia. A pesar de que el resultado final de la mayoría de mis obras sea un cuadro entendido en el sentido tradicional, cada vez me siento menos pintor. Sin embargo, ellos sólo se pueden entender como pintores. Quizá sea la diferencia de la pintura entendida como medio para alguna otra cosa o la pintura como fin a través de otros medios.
No me cabe duda, Guillermo Mora es pintor. Un pintor extraño, como todos. La primera duda y para mí la definitiva cuando me enfrento al trabajo de un pintor es por qué pinta. La obra de Guillermo es la materialización de obsesiones. Guillermo es pintor porque no deja de pensar en los mecanismos de la pintura. Todos los artistas piensan en los mecanismos que rigen lo que hacen, pero hay una diferencia entre aquellos artistas en los que el lenguaje se sitúa en el primer término del discurso artístico y aquellos cuyo discurso extrartístico adquiere preeminencia.
Hace tiempo pensaba en la pintura como un espejo. La pintura y el espejo no tienen imagen que les sea propia, su imagen cambia constantemente, sin embargo, tienen materia. La pintura y el espejo, ambos se definen por la materia que los forma. Una materia, por cierto, bastante inasible. Si la materia del espejo es inasible físicamente, la de la pintura lo es conceptualmente. De aquí es de donde parten las obsesiones en Guillermo Mora.
Sus cuadros son el planteamiento constante, diario, de lo que constituye el fundamento de un cuadro. Si me refiero a ellos como cuadros es porque tengo la impresión de que nacen con la ambición de ser cuadros, no sólo porque se trate de la culminación de un proceso pictórico sino porque tienen otras de las cualidades que conforman un cuadro, entre las que sin duda destaca su ambición de ser objetos individuales, contraídos, no expandidos. No me referiría como cuadros a las prácticas de la pintura expandida, sino más bien como espacios. En un caso y en otro las intenciones son diferentes.
La pintura de Guillermo se configura por su actitud. Su manera de trabajar está estrechamente unida al proceso de hacer. La pintura no es un estado definitivo, el cuadro es un momento detenido en el proceso. El trabajo de Guillermo trata del devenir pintura. Es por esto por lo que sus obras están en continuo movimiento, así muchas de las piezas que en un momento dado se exponen como definitivas vuelven a reelaborarse si vuelven a su estudio. Esta visión del proceso es una constante en la manera de pensar de los pintores, la historia del arte está llena de ejemplos de obras rehechas compulsivamente, uno de los más destacados es el del muy pintor Matisse, que cuando le compraron su “Armonía en azul” al comprador le llegó una “Armonía en rojo”. El planteamiento es el siguiente, ¿un cuadro es una imagen detenida o un objeto en devenir? La imagen estática en arte, aunque se trate de imágenes pintadas, tienen mucho más que ver con el resultado de nuestra cultura visual que con el proceso de la pintura.
Un artista que plantea su obra de manera muy cercana a Guillermo Mora es el escultor austríaco Erwin Wurm, conocido por su serie de obras “Esculturas de un minuto”. Muchas de sus obras, objetos en un equilibrio inestable, se presentan mediante fotografías a pesar de tratarse de esculturas. Así de engañosos son los medios en arte. Si son esculturas es porque establecen relaciones espaciales con el cuerpo del espectador, planteamiento inequívocamente escultórico. Su autor también defiende que la escultura se percibe en un instante. Se trata casi de una intuición, una intuición de escultura, o una intuición de pintura. Las relaciones de la obra de Guillermo Mora con el espectador también son corporales, aunque no sean espaciales. Son relaciones sensuales. Lo sensual es aquello que excita los sentidos, a cualquiera de ellos. Viendo parte de su último trabajo pensé que se trataba de objetos del deseo, quizá reminiscencias de placer.

ERWIN WURM. One Minute Sculpture, 1997. c-print. 45 x 30 cm. Photo by Studio Wurm. Courtesy of the Artist and Lehmann Maupin Gallery, New York.
Otra cualidad común entre el trabajo de Mora y de Wurm, es la idea de lo inestable. Lo inestable es la cualidad del objeto que participa del equilibrio y de su negación al mismo tiempo. La entropía determina el trabajo de Guillermo Mora, también el orden.
Como objetos, sus obras participan de lo sensual, cualidad que abarca lo orgánico y lo comestible. Pero me interesa destacar los procesos por los que se producen. Además de elaborarse por capas, como cualquier obra pictórica, sus cuadros se ensamblan y se atan. El lienzo tradicional también se ata cuando se tensa la tela sobre el bastidor. Si en la pintura tradicional trabajar sobre un lienzo, un objeto atado, era la garantía de hacer pintura, en el trabajo de Guillermo Mora el hacer objetos atados es la garantía de hacer pintura.
Daniel Cerrejón: Pero, Guillermo, ¿por qué pintura?
Guillermo Mora: Mi pintura se mueve en el empate. El empate marca la imposibilidad de elegir entre dos sentidos. Y dos sentidos son los que siempre plantean mi ejercicio diario de pintar:
memoria / olvido
Sin embargo, el medio me brinda la posibilidad de no elegir entre lo uno “o” lo otro a la hora de trabajar. Mi pintura se aprovecha de esta compleja dualidad. No respeta conjunciones como un “o” entre estos dos sentidos, y de este modo se dirige hacia otras posibilidades entre ese uno y ese otro, donde un “y” o un “en” entre ambos engrandece el acto de pintar.
Debería preguntarme entonces si es posible aceptar una equidad, un territorio intermedio, un estadio de indeterminación en el que se mantengan las dos intensidades de la pintura a la par; si, a día de hoy, en un momento en el que parece que sólo se puede ganar o perder, hay sitio para una pintura que se mueve en este empate. Y si éste es mi problema -o detonante- de continuar pintando.
Para mí, cualquier descompensación de los dos sentidos que siempre toma una pintura sería su desequilibrio. Se rompería su inquietante y estimulante empate. Por tanto, creo en el empate.
Creo en una pintura siempre empatada, siempre a la espera.

Guillermo Mora. Vista de exposición.
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