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El desnudo más conmovedor de Annie Leibovitz

La fotógrafa expone 200 fotografías donde muestra algunos de los éxitos de su vida profesional junto con sus fotografías más íntimas

19 de Septiembre de 2009 | Por Ana Vidal Egea

 

Annie Leibovitz (Waterbury, Connecticut, 1949) es considerada la mejor fotógrafa viva del momento. Todo aquel personaje público que quiere confirmar que es alguien busca la profesionalidad, el prestigio y la mirada de Leibovitz para pasar a la posteridad; fotografió a John Lennon entrelazado a Yoko Ono horas antes de morir, fue testigo de la tormentosa relación que unió a Kate Moss y a Jonnhy Deep en sus comienzos, fue pionera a la hora de fotografiar desnudos de embarazadas teniendo a Demi Moore como modelo, pero también supo fotografiar a figuras políticas como Bill Clinton o Condoleezza Rice. Esta vez es ella la protagonista, el personaje célebre de la exhibición, pero lejos de aceptar la invitación a convertirse en alguien inaccesible con un aura celestial muestra su lado más humano, la parte más real y tangible de su vida, cercana a cualquiera, sin nada que ocultar.

 

Una de las cosas que más impresiona en la vida de esta mujer es comprobar a través de su ejemplo que cualquier persona puede ser fiel a sí misma y conseguir todo aquello que se propone y por lo que lucha con esfuerzo. Entregada con una pasión absoluta a su trabajo, la fotógrafa norteamericana ha conseguido el respeto y la admiración de público y crítica sin que se puedan apreciar detractores. Pero no por ello renunció a su vida personal ni a su faceta como madre. Su primer hijo lo tuvo con 52 años y cuatro años más tarde recurrió a una madre de alquiler gracias a la cual tuvo gemelos.

 

Resulta un privilegio el que un artista abandone su pose y se muestre con naturalidad ante el arma que él mismo emplea contra otros: en este caso el objetivo. No es frecuente que un pintor acceda a ser retratado. El que un escritor publique su autobiografía no podría compararse a que un fotógrafo revele su álbum de fotos, donde no habría alteración posible y donde la interpretación se deja únicamente al lector, sin ningún tipo de guía. Estamos ante un hecho inaudito, de una transparencia conmovedora. Leibovitz permite con una sutileza y una sensibilidad exquisita que accedamos a su vida privada hasta el punto de ver a sus padres en la cama, nada más haberse despertado. Su búsqueda por la verdad es incuestionable, atreviéndose a hacer un primer plano de su madre con setenta años, mostrando sus arrugas y un rostro que ella no acostumbraba a mostrar más que en la intimidad.

 

Sin embargo, hay belleza en todas y cada una de las fotografías que realiza, incluso en los aspectos más cruentos que presenta. Lo crucial de esta exposición es que Leibovitz no juega a tener dos vidas; combina las fotografías profesionales con las personales como parte de un todo donde el espectador puede apreciar la parte del éxito, la mirada al otro buscando las poses más sugerentes, las lecturas más excepcionales y la estética más innovadora con la vida cotidiana sin retoques ni paliativos. Así, lo más valioso de esta selección de doscientas fotografías es poder admirar cómo la escritora Susan Sontag miraba a la mujer que amó durante dieciséis años con el peso de quien sufre un cáncer terminal y cómo la fotógrafa comparte con el mundo los últimos momentos de su pareja, lo que constituye uno de los actos de generosidad más hermosos que he visto en muchos años.
 

 

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