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Lágrimas de Tánatos en Ballesta 4



09 de Febrero de 2010 | Por Javier González Panizo

 


Siempre en la historia de Occidente se ha querido ver un proceso de depuración y decantación de los procesos racionales en contra de ese otro lado más salvaje e irracional.


El culto fálico de religiones primitivas, los cultos dionisíacos, la prostitución sagrada de Grecia, el Eclesiastés, incluso la ambivalente figura de la Magdalena, todo nos lleva a pronosticar un doblez en los dictados de aquellos que quieren ver en la racionalidad la expulsión de los excesos de la carne y el frenesí.


Con echar someramente un vistazo a nuestra historia más reciente se puede plasmar una perfecta ligazón entre erotismo, violencia y religión. De todas las religiones surgidas en la era axial se llega por línea directa al Romanticismo más exacerbado y noctámbulo, el de Novalis, quién señalaba “la asociación de voluptuosidad, religión y crueldad, su íntimo parentesco y común tendencia”, y de ahí, sin lugar a dudas a la profunda religiosidad de Sade: una religión de los propios excesos de una razón incapaz de cerrar la sutura, una religiosidad que se da como profanación y una oración como blasfemia.


Pero hoy en día, cuando la fe ciega en la razón lo llena todo con su poder de simulación, ciegos como estamos de mirar sin ver nada, lo único que olfateamos a tientas es el beneplácito de la trasgresión por la trasgresión y la ruptura de prohibiciones esperando inútilmente que de la liberación semiótica de signos algo nos toque en el reparto. Así, pensamos que seguir los infortunios de Sade es ser un poco más libres, desprendernos un poco de esa razón a la que idolatramos pero que de cara a la galería echamos por tierra y hacemos culpable de todas nuestras desdichas.


Alguien tan poco sospechoso como Bataille lo sufrió en sus carnes: igual que Freud vinculaba el principio del placer al impulso de muerte, Bataille vinculó de forma indisoluble la interdicción y la transgresión. A pesar de sostener que la interdicción de la libertad sexual sería necesaria para mantener el mundo del trabajo y la razón, la palabra “transgresión” quedó sellada como leitmotiv de las generaciones siguientes hasta convertirse en fetiche recurrente del vulgo: transgredir por trasgredir y siempre tan felices de ser un poco más libres, sin recapacitar que la integración de la parte maldita a las vidas de forma burguesa no supone sino el aceptar la transgresión como otra convención.


Por asumir lo prohibido como propio de la idealidad de convenciones a seguir por todos nosotros burgueses, nos privamos de la velada mirada que a Eros lanza Tánatos, del orgasmo con regusto a muerte súbita, de embriagarnos con Dionisios. Dicho de una vez: no hay nada más mortal para el erotismo que un erotismo democrático, secular y laico.


Actualmente y hasta este próximo día 31 se puede ver en La maison de la lanterne rouge, el antiguo prostíbulo Kiss, una exposición que dialoga por los sumideros del deseo y la erótica más descarnada confrontada a esa otra muestra más pulcra que, con el flamante título de Lágrimas de Eros, puede verse en el Thyssen-Bornemisza.


Si en esta última puede delinearse un recorrido por las “transgresiones” que en cuestión de deseo y sexualidad han ido sucediéndose bajo el beneplácito signo de Eros (es casi enternecedor ver a Beckham durmiendo en el célebre vídeo de Sam Taylor-Wood, la sensualidad postmoderna como logo de marca y merchandaising), en esta exposición se cierran las cortinas a los indiscretos, a todos aquellos que siguen pensando que la transgresión es lo más in, para sufrir en sus propias carnes la mirada impertérrita de Tánatos.


De ahí el título que las tres comisarias - Diana Malpartida, Miriam Pablos y Andrea Velasco- han elegido (interesante el hecho de que hayan sido tres mujeres quienes se hayan dado cuenta del desliz que se iba a cometer dejando tuerta la mirada del deseo): Petite mort, la sonrisa de Tánatos. Porque no hay placer sin el olor a incienso de la muerte, no hay sensualidad sin la mirada terrible de Tánatos, y no hay deseo sin el hormigueo nervioso que a Eros le provoca la media sonrisa de la Innombrable.


Ana Belén Jarrín (Ecuador, 1976) expone una serie de fotografías con el explicativo título de Las noches de Cabiria en las que el deseo es diezmado en unas imágenes que nos muestran lo más sórdido del negocio del amor: prostitutas viejas, demacradas, gestos pasionales que se los adivina simulados y con olor a rancio.


David Latorre (Huesca, 1973) propone una instalación en las habitaciones del prostíbulo pero esta vez sin personajes. El escenario está listo, para soñar o para enfangarse unos instantes en la mirada negadora de Tánatos. El amor siempre tiene algo de simulado, de no dejarse vencer por la mirada indómita y arrasadora de Tánatos, pero estas habitaciones de burdel a la espera de personajes dan viva cuenta de que el amor, el deseo, quizá no siempre tenga la suficiente fuerza como para evitar semejante mirada.


La artista portuguesa Linda da Sousa escenifica en su Erótica de la materia una de esas habitaciones después del delirio: ropa satinada encima de la cama, prendas intimas tiradas por el suelo, vestigios de lo que ha sido y de lo que ya no queda nada, nada más que recuerdos. Colgadas del techo, las imágenes recortadas de mujeres soñadas e ideadas, mujeres que quizá hayan habitado alguna vez tal cuarto, son la prueba de que los recuerdos se amasan en un teatro de sombras donde Eros y Tánatos se miran y sonríen.


Achero Mañas, que se encuentra en la actualidad preparando su tercera película, colabora con una videoinstalación en lo que, sin lugar a dudas, lo mejor es la instalación en sí. Bajo el título, Paraísos artificiales, sin duda un guiño a Baudelaire, remite a la búsqueda irrenunciable del ser humano a ir en busca de la felicidad que se escapa por los drenajes de lo artificial. “No me jodáis -dice el protagonista- con que es artificial. Quiero ser feliz.” El mundo de las drogas, del amor, del sexo…todo para terminar comprendiendo al ser humano como un Cristo que carga con su cruz: la de ir en pos de un más allá del principio del placer colindante con las fronteras de la muerte y el dolor.


Queralt Lencinas, colaboradora de Espacio Menosuno, presenta una instalación basada en series de dibujos que muestran de manera secuencial un ensayo del interesante concepto del voyeurismo titulado Hay una tensión entre nosotros y esa tensión proviene de tí, frase pronunciada por una ex pareja de la artista.


Por último, Alejandro Stock (Montevideo, 1965) vuelve al origen al usar papel y grafito en una reinterpretación erótica de las Meninas.


Quedan pocos días para visitar esta muestra que tiene lugar en uno de los emplazamientos más significativos de la historia erótica de Madrid.


Así pues, poniendo en práctica el espíritu de voyeur que habita en todo amante del arte contemporáneo, acérquense a Ballesta 4.

 

Hasta el 31 de enero
 

Petite mort, la sonrisa de Tánatos
Ballesta 4
Madrid

Comisarias: Diana Malpartida, Miriam Pablos y Andrea Velasco

 

 

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