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Fotografías como redención

El dar vida y dar arte de Annie Leibovitz

19 de Septiembre de 2009 | Por Javier González Panizo

 

Que el arte ha logrado el más rotundo de sus triunfos es algo que queda bien patente con sólo darse una vuelta en estos días por la sala Alcalá 31 de Madrid. Colas de gente en su mayoría ajenas al interés artístico, mecenazgo de los poderes fácticos del entertainment y la moda más posh, deleitación insustancial de un arte que se basta y se sobra para rendir cuentas ante sus propias cenizas, etc. El arte, muerto desde su mismo nacimiento como estética ilustrada, sólo ha sabido morir de éxito.


Sin embargo, lejos de dejarse disfrutar en su propia autonomía conquistada a golpe de barata idolatría, el arte parece seguir entusiasmado con su papel de eterno moribundo. De esta forma, lo mismo que canta sus excelencias al ser capaz de erigirse como portada del Vanity Fair sin sonrojarse, es igualmente terco en la negatividad que lo conforma y se adhiere sin previsión allí donde hacía tiempo que ni se le esperaba: dar vida y recibirla, amar y sufrir, vivir y morir. El arte, como la vida misma, se resiste a ser acartonada en lo insustancial de lo previsible.


Así, las fotografías de Annie Leibovitz logran tocar pie en ese difícil entramado intersticial que conforma el mundo artístico actual, con un pie siempre en la fanfarria de la diversión y la imagen plena de seducción, y el otro en la búsqueda incesante de esos mismos poderes que siguen haciendo de él, del arte, un ejercicio insustituible y fundamental para la comprensión del mundo moderno.


La cámara de Leibovitz se acerca al teatro del esperpento en el que el mundo posmoderno ha caído, un esperpento que más que espejos cóncavos forman una barraca de feria tan efectiva como efectista, y descubre todo lo que sabemos que lo conforma: dinero, fama, sexo, poder, etc. Con ello, el poder de la imagen se erige representación de la figura totémica posmoderna vía deflagración de aquello que Marshall McLuhan predijo ya en los sesenta: el medio es el mensaje. Es decir, no hay mejor imagen de la seducción que la de la seducción misma (así el chulesco Brad Pitt), no existe mejor representación del poder que la del poder mismo (así la administración Bush al completo o la cándida paletez de Donald Trump).


Sin embargo, ahí donde los dos polos de la representación y lo representado se tocan, es donde el arte de Leibovitz emerge. En la misma teatralidad con que dispone sus fotografías es en donde hay que buscar el hilo conductor y punto de contacto con esa otra realidad: la nuestra. Porque en esa teatralidad, a años luz de la superficialidad tóxica de las últimas serigrafías warholianas, sucede lo inexplicable del arte: un Williams Burroughs anciano es algo más que la imagen del poeta maldito, una Demi Moore embarazada es algo más que la imagen del icono cinematográfico. Y, como anverso de esa misma tele-realidad, una Susan Sontag convaleciente e incluso moribunda es mucho más que un simple recuerdo fotográfico, su mismo padre en su lecho de muerte es más que cualquier imagen de cualquier padre.


Porque, a fin de cuentas, si el arte, espejo del parque de atracciones en que nuestro mundo se ha convertido, sigue siendo arte, puede que siga titubeante a la hora de dar cuenta de la realidad y la representación, de la cotidianidad y de todo aquello que parece escaparse por sus márgenes (lujo, poder, dinero, fama, etc), pero a lo que nunca podrá renunciar es a hacer de esas preguntas algo indisoluble a la vida y al amor, al gestar una vida y al ver como se difumina. 
 

 

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