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41ª ART BASEL



17 de Julio de 2010 | Por Leticia Fernández-Fontecha

 

 

Zhang Huan, The Pace Gallery 

 

Basilea es ante todo una ciudad tranquila, cargada de esa belleza que pasa desapercibida a los que no estén acostumbrados a buscarla por ellos mismos, necesitando ser constantemente asaltados por cosas grandes y colores chillones para poder ver algo. Aquí no hay nada de eso: la belleza de Basilea reside en los detalles, casas pequeñas con cuidados jardines, una bonita estación, algunos cafés, conforman el día a día de esta tranquila ciudad, que una vez al año acoge la feria de arte más internacional de Europa. El tan ansiado momento llegó, por fin, la semana pasada. De primeras la ciudad se presentaba como siempre, calles más bien vacías, muchas bicicletas sin candar, y ambiente tranquilo, pero a medida que uno se iba acercando a la estación para coger el tranvía que llevaba a Art Basel el panorama iba cambiando. Las bolsas plateadas de los invitados VIP, los tacones de infarto y el vintage nos anunciaban que sí, que estábamos en el buen camino y que en no mucho tiempo estaríamos en la 41 edición de Art Basel. Cuando uno se enfrenta a una feria de tal envergadura suele producirse una pequeña decepción, las expectativas creadas suelen ser excesivamente altas y la mitificación es algo muy común en aquellos que nos dedicamos a la historia del arte, aunque esta vez lo real ha conseguido alcanzar a lo ideal, pues ha sido una de las mejores de los últimos años.

 

La 41ª edición de la que es una de las ferias de arte más prestigiosas del mundo, la que más se asemeja a una Bienal, Art Basel, cerró sus puertas el domingo con record de visitas, 62.500 visitantes, que a lo largo de cinco días, pudieron ver las obras de 2.500 artistas de 37 países diferentes. Las cifras son realmente una locura, y la feria lo sería también si no fuese por la buena organización y disposición del espacio, que permitía entender fácilmente la distribución de galerías y proyectos a lo largo del edificio.

 

Catorce obras de arte público recibían a los visitantes nada más llegar al recinto, destacando el Big Mind Sky de Ugo Rondinone, coronando uno de los edificios. Una vez dentro del recinto uno tardaba en ubicarse, mucha información, muchos stands, y entre una cosa y otra gente entendida viendo y comprando, y a su vez marcando la pauta de lo que se comprará y, por lo tanto, veremos este próximo año. Art Basel está compuesta principalmente de once secciones, entre las que se encuentran los 20 proyectos de Art Feature,  o la zona de galerías Art Galleries, en la que las grandes galerías despliegan sus mejores armas, artistas consagrados y obras potentes. Para aquellos interesados en descubrir a los “artistas emergentes”, se encuentra Art Statements, que contaba con algunas piezas espectaculares, como las de Takahiro Iwasaki. Puede que una de las secciones  más interesantes, o por lo menos la más espectacular, haya sido el pabellón de exposiciones Art Unlimited, comisariada por Simon Lamunière, con sus cincuenta y seis proyectos de gran tamaño, como Organi, de Massimo Bartolino y Lost Astronaut, de Alicia Framis. Como novedad este año Art Parcours, tres días en los que diez artistas  han ocupado “lugares icónicos del centro histórico de la ciudad, transformándolos mediante instalaciones ambientales, efectos de luces, etc.; reescribiendo, de cierta manera, la historia”.

 

Y dejamos todavía mucho y muy bueno en el tintero. Esta es precisamente la sensación con la que uno salía cuando Art Basel cerraba las puertas, a las siete de la tarde, que siempre quedaba más, y que prácticamente dejábamos todo por ver. Realmente sería imposible que fuese de otra manera, dada la cantidad de galerías presentes y la abundancia de piezas realmente interesantes, que han hecho de esta feria un placer para todos aquellos que disfrutamos con el síndrome de Stendhal.

 

Al leer las críticas y reseñas realizadas sobre la feria, uno acaba sabiendo más de cifras que de arte, y es que en estos días se hablaba de precios, de puntos rojos, y de artistas en alza. Es importante no olvidar que se trata de una feria de arte, y como cualquier feria que se precie, sea de lo que sea, el fin último es comprar y vender. Pero dejemos de lado por esta vez los precios y centrémonos en la feria a un nivel más artístico que de mercado. Nada se le puede reprochar a esta 41 edición de Art Basel, plagada de buenos artistas y nombres reconocidos, que van desde el mítico Picasso hasta Zhang Huan. Los galeristas han apostado sobre seguro, cargando las paredes con grandes nombres y piezas de calidad. Cuando se juega con pesos pesados es muy difícil que algo salga mal, pero resulta sencillo en cambio que el resultado sea aburrido, o mejor dicho convencional, que es la única pega que se le puede sacar a esta feria, la falta de riesgo.

 

La calidad del trabajo ha sido realmente bueno, y no ha dejado nada que reprochar, pero atrás han quedado los días en los que se buscaban nuevos talentos y se apostaba por nombres aún por conocer. Poco innovador y con un aire casi académico, tampoco se puede pedir más en un momento como este. El mundo del arte se encuentra, al igual que el resto de mundos, en un periodo delicado, y resulta sin duda más fácil encontrar un equilibrio sacando a la palestra a Picasso y a Dan Flavin, y mostrando piezas vendibles o espectaculares, como la esfinge -de unos casi diez metros- del artista chino Zhang Huan, comprada por el artista japonés Takashi Murakami, por un precio de 1,5 millones de euros, o el impresionante espacio dedicado a Michelangelo Pistoletto y a su Laberinto y pozo grande construido en cartón y espejo, y en la que se veía disfrutar, principalmente, a los niños.

 

Llamativo asimismo el trasfondo intelectual de la feria, que con un aire posmodernista acababa transmitiendo la idea de que ya nada es nada. Muchas piezas que negaban su condición, asegurando no ser lo que parecían, esto no es un libro, esto no es una obra de arte, ya no habrá más sol. La negación ha sido una presencia constante en la feria.

 

El otro gran protagonista ha sido el vídeo, que ha tenido un peso realmente importante. Y aquí volvemos a hablar de cifras, pues en esta decisión influye decisivamente el hecho de que poner un DVD resulta más barato que traer hasta Basilea una pesada escultura. Muchas de las que se han traído a la feria estaban realizadas con los materiales que conocemos como pobres, materiales asimismo muy presentes en esta 41 edición. Destacar la presencia de los españoles Sergio Prego, Dora García y Alicia Framis, y también de Sigmar Polke, involuntario protagonista debido a su reciente muerte.

 

Nada que decir de los supuestos excesos VIP, como el servicio de spa, o la presencia de obras de Karl Lagerfeld, que no he visto por ninguna parte, pero sí destacar la zona de las editoriales, magnífica, play, play, play, espectaculares los libros, las ideas, y en general todo lo que se podía ver en ese espacio.  

 

Como colofón final a esta 41 edición de Art Basel, que nos ha dejado un sabor dulce, las dos magníficas exposiciones que se podían ver en el Kunstmuseum. La dedicada al mexicano Gabriel Orozco, cargada de extraordinarias piezas entretejidas a lo largo de las salas gracias por medio de signos que conforman su personal lenguaje, y la del artista canadiense Rodney Graham. Sencillamente espectacular.

 

www.artbasel.com

 

 

 

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