Helmut Dorner discípulo de Gerhard Richter en la Academia de Düsseldorf entre 1976 y 1982 muestra por cuarta vez en la Galería Heinrich Ehrhar dt de Madrid sus obras en una exposición individual.
Aunque el tacto sea el sentido que ocupa el último lugar en cuanto a la importancia que se le suele atribuir, a diferencia de los otros cuatro, podemos ejercer un uso pasivo del mismo extendiéndose este por todo nuestro cuerpo. Querer tocar, con las manos o con la mirada las obras de Helmut Dorner (Gengenbach/ Baden. 1952), compuestas por masas informes de color, extendidas o recogidas sobre un fondo lechoso y evanescente, es casi un impulso.
Las manchas de laca tienen vida propia, actúan por sí solas, se manifiestan, respiran. Están flotando en la nada sobre un cubo de metacrilato como soporte, que sobresale de la pared, en lugar del lienzo. Se distribuyen por el espacio como estrellas en una constelación. Son un rastro de pistas hacia el alma del artista. Son una suerte de mensaje escrito en un código visual indescifrable. Son una demostración de arte desarrollado bajo un azar supervisado. Son las piezas de un juego de la infancia.
Ya no se asemejan tanto a sustancias orgánicas a punto de fusionarse entre sí, son gotas concretas, surcos que nos indican un camino, el inicio de lo que en sus obras anteriores ocupaba un espacio mayor.
Helmut Dorner les ha puesto coto dentro de superficies rectangulares, y ha hecho acto de presencia entre ellas para cambiar el curso de los hechos construyendo un mensaje premeditado, rayándolas con el grafito, o arrancándolas parcialmente de su sitio a modo de decollage, a diferencia de otras obras anteriores, pero ellas siguen viviendo y manifestándose a su antojo. El proceso es el resultado final que el artista desea mostrarnos. No es pintura gestual, pero tampoco fruto de la premeditación absoluta.
En estos nuevos trabajos, compuestos de pequeñas masas de pintura, lagos de laca de aspecto derretido y violentos rayones de grafito, más ordenados que sus predecesores, nos podemos acordar de las pretensiones de plasmar melodías bajo formas tangibles que intentaron otros artistas que lo antecedieron y que, de algún modo, representan notas, ritmos, sonidos plasmados sobre una superficie plana, partituras hechas de colores y de una materia que no es la misma de la que se compone la música, pero que llega de igual manera, directa al cerebro y al corazón.
Algunas veces se han descrito como objetos pictóricos, a medio camino entre la pintura y lo escultórico, quizá por el peso específico que muestran esas espesas lacas sobre los cubos de metacrilato, no obstante Dorner nuca ha renunciado a la superficie plana que ofrece el formato sobre el que trabaja.
Tal vez en sus inicios fueran una respuesta a las agotadas retóricas Neoexpresionistas, quizá sean todo un estudio sobre una reinvención de la abstracción, pero debe tratarse de algo más directo y sincero, porque generan reacciones más sencillas, más inmediatas. Son el vacío frente a la masa. Son una de esas experiencias táctiles pasivas de las que somos capaces de disfrutar.
Dejando de lado cualquier interpretación intelectual, alejándonos de las fuentes pictóricas e intelectuales de las que bebe su autor, podemos encontrar en el fondo de las obras ternura infantil, recuerdos de las gotas de colores que caen en un cuadernos de dibujo, el helado derretido, como han sugerido otros críticos o el color y la consistencia de los dulces de la niñez. Recordándonos que el arte, para convertirse en una experiencia intelectual, primero debería ser una experiencia sensorial, provenga de donde provenga.
Helmut Dorner
Hasta el 20 de julio
Galería Heinrich Ehrhardt
c/ San Lorenzo 11
28004 Madrid
Tel. +34 91 310 44 15
Fecha de inicio: 15 de Octubre de 2012.
Fecha de inicio: 01 de Marzo de 2012.
Fecha de inicio: 13 de Enero de 2012.
Fecha de inicio: 01 de Enero de 2010.
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